VERDAD

"Hay 'una verdad' que vive": habrá juicio por los hechos narrados en Operación Masacre

Después de volver sobre Rodolfo Walsh y la verdad como un valor en sí mismo, la nueva instancia judicial por los fusilamientos de José León Suárez reactualiza una certeza histórica: lo que se intentó sepultar también puede volver.

Por Jere Giordano

Hace apenas unas semanas, para el 25 de marzo, se escribía una nota titulada "Walsh: la verdad como un valor por sí misma". Se volvía entonces sobre una idea que atraviesa la obra de Rodolfo Walsh y que también sigue atravesando el oficio periodístico: la verdad no vale solamente por la justicia que consigue, por la condena que habilita o por la reparación que produce. La verdad vale incluso cuando parece no servir para nada inmediato. Vale cuando se sostiene en soledad, cuando incomoda, cuando no encuentra tribunal que la escuche.

Aquel texto miraba hacia la historia, hacia la Carta Abierta, hacia el asesinato de Walsh, hacia la memoria argentina. No imaginaba que tan poco tiempo después aparecería una noticia capaz de devolverle cuerpo presente a esa reflexión. Casi setenta años después de los fusilamientos de José León Suárez, los crímenes que Walsh narró en Operación Masacre llegan a una instancia judicial bajo la forma de un juicio por la verdad.

Hay noticias que se leen como dato. Y hay otras que parecen responder preguntas abiertas desde hace décadas. Esta pertenece a las segundas.

La frase que abre Operación Masacre sigue vibrando con una potencia intacta: “Hay un fusilado que vive”. Durante años pudo leerse como la irrupción de un sobreviviente en medio de una maquinaria de muerte. Hoy también puede leerse como una metáfora de la verdad. Se la quiso enterrar con los cuerpos, sepultar bajo decretos, versiones oficiales y décadas de impunidad. Sin embargo, seguía viva. Respirando debajo de los archivos cerrados, de los expedientes dormidos, de las palabras no dichas.

Ese fusilado que vive es también la verdad que no pudieron matar.

Porque lo que se pone en movimiento no es solo un expediente. Lo que vuelve a moverse es una pregunta antigua: qué puede la verdad frente al poder, frente al tiempo, frente al intento sistemático de borrar los hechos. Walsh respondió a esa pregunta escribiendo. Investigó cuando se imponía el silencio. Reconstruyó nombres, trayectos, voces, disparos, huidas. Donde había una versión oficial cerrada, abrió una grieta. Donde se quería clausura, produjo relato. Donde se pretendía olvido, dejó memoria escrita.

Por eso Operación Masacre no es solamente un libro extraordinario. Es una escena fundante del periodismo argentino. Allí se cifra una definición del oficio: buscar lo que otros ocultan, ordenar lo disperso, poner en común aquello que el poder necesita mantener en sombras. Walsh no esperaba garantías. Trabajaba sin la comodidad de una verdad reconocida. Trabajaba, precisamente, para arrancarla de la oscuridad.

El caso sigue siendo clave para entender la historia argentina porque permite leer varias capas superpuestas de la vida política nacional.

La primera es incómoda y necesaria: la violencia estatal y las ejecuciones ilegales no comenzaron en 1976. Los fusilamientos de 1956 obligan a mirar más atrás y a reconocer que el terror no irrumpe de la nada, sino que tiene antecedentes, ensayos y continuidades.

La segunda capa muestra cómo sectores del poder intentan vestir de legalidad aquello que en esencia es arbitrariedad. La excepción jurídica, presentada como necesidad, aparece una y otra vez cuando se busca disciplinar políticamente. Cambian los contextos, cambian los lenguajes, pero persiste la tentación de usar la norma como máscara de la violencia.

La tercera capa remite al oficio periodístico. La prensa puede encubrir o puede revelar. Puede repetir el parte oficial o incomodarlo. Puede administrar silencios o romperlos. En esa disyuntiva, Walsh sigue funcionando menos como estatua que como medida.

La cuarta, quizá la más conmovedora, es la de la memoria social. A veces se dice que el tiempo cierra todo. No siempre es cierto. Hay verdades que quedan suspendidas, trabajando por debajo de la superficie, acumulando sentido, esperando las condiciones para volver. Este juicio demuestra que la memoria también produce efectos materiales. Puede tardar décadas, pero no necesariamente llega tarde.

Aquella intuición escrita el 25 de marzo encuentra hoy una nueva confirmación. La verdad no reemplaza a la justicia, pero muchas veces la precede. La prepara. La vuelve imaginable. La deja lista para cuando la historia abre una hendija.

Y también hay una interpelación sobre el presente. En un tiempo de precarización del trabajo periodístico, de hostilidad hacia la prensa, de velocidad que aplasta la investigación y de disputas permanentes sobre qué hechos merecen ser contados, la noticia de este juicio excede largamente el pasado. Habla de ahora. Pregunta qué se está haciendo con la verdad y en qué condiciones se intenta sostenerla.

Tal vez esa sea la vigencia más profunda de Walsh. No solo haber denunciado un crimen, no solo haber escrito un clásico, no solo haber pagado con su vida una coherencia extrema. Su vigencia está en recordar que la verdad puede ser perseguida, negada, postergada y atacada.

Pero también puede persistir.

Y cuando todo parece cerrado, vuelve.

Opinión Operación Masacre Walsh