MALVINAS
Orlando Pascua y la otra batalla por Malvinas
Excombatiente correntino, denunciante de torturas en la guerra y militante por una soberanía que excede lo territorial, su figura también expone tensiones internas en la causa Malvinas.
Quién fue Orlando Pascua
Orlando Gustavo Pascua nació en 1962 en Curuzú Cuatiá, Corrientes. Tenía 19 años cuando fue enviado como conscripto a la Guerra de Malvinas en 1982. Como muchos jóvenes de su generación, su paso por el conflicto estuvo atravesado por condiciones extremas, no solo por el enfrentamiento con las tropas británicas, sino también por las prácticas internas dentro del propio Ejército.
Tras la guerra, regresó a Corrientes y comenzó un proceso que marcaría el resto de su vida: la organización colectiva de los excombatientes. Durante la década de 1980 participó en la conformación del Centro de Ex Soldados Combatientes de Corrientes, en un contexto donde el Estado todavía no garantizaba reconocimiento ni políticas específicas para quienes habían estado en las islas.
En los años 90 y 2000 profundizó su militancia, articulando con espacios sindicales y sociales, y sumando una dimensión política a su mirada sobre Malvinas. Fue parte de la CTA y promovió iniciativas como la Red Compromiso Social por Malvinas, con fuerte anclaje en la defensa de los derechos humanos.
Falleció en 2015, a los 53 años. Para entonces, su figura ya estaba asociada no solo a su condición de excombatiente, sino a su rol como referente en la denuncia de las violencias dentro de la guerra y en la construcción de una mirada crítica sobre la soberanía.
La denuncia que incomodó
Uno de los ejes centrales de su trayectoria fue la denuncia de los estaqueamientos y otras formas de tortura ejercidas por oficiales argentinos contra sus propios soldados durante la guerra. Pascua fue de los que rompió el silencio en un contexto donde primaba una narrativa cerrada, que tendía a presentar a los excombatientes únicamente como héroes, sin fisuras ni contradicciones.
Su testimonio apuntaba a complejizar esa memoria: no para negar la legitimidad del reclamo soberano, sino para señalar que dentro de las propias filas se habían reproducido prácticas de castigo extremo. Los estaqueamientos —atar a los soldados al suelo, a la intemperie y bajo temperaturas extremas— fueron uno de los símbolos más crudos de esas denuncias.
Durante años, estas acusaciones encontraron resistencias. No solo en el ámbito judicial y militar, sino también en sectores de excombatientes que consideraban que visibilizar estos hechos debilitaba la causa Malvinas. Pascua sostenía lo contrario: que no podía haber soberanía sin verdad, ni memoria sin justicia.
Soberanía más allá del territorio
Con el tiempo, su mirada sobre Malvinas fue ampliándose hacia una dimensión política y económica. Para Pascua, la soberanía no se agotaba en la recuperación territorial de las islas. Implicaba discutir el modelo de país, el control de los recursos naturales y la dependencia económica.
En esa línea, vinculaba la causa Malvinas con debates contemporáneos: el endeudamiento externo, la presencia de intereses extranjeros en sectores estratégicos y las políticas de ajuste. Desde esa perspectiva, la guerra de 1982 no era un hecho aislado, sino parte de una trama más amplia de subordinación y disputa geopolítica.
Esa lectura lo distanciaba de visiones más tradicionales o institucionales, que tienden a encuadrar Malvinas en términos conmemorativos o diplomáticos. Pascua proponía, en cambio, una causa activa, vinculada a las luchas sociales del presente.
Las disputas en Corrientes
En Corrientes, el movimiento de excombatientes estuvo atravesado desde sus inicios por diferencias internas. Por un lado, sectores más cercanos a una lógica de reconocimiento estatal, centrados en pensiones, homenajes y políticas oficiales. Por otro, espacios con una impronta más crítica, que buscaron articular la memoria de Malvinas con agendas de derechos humanos y militancia social.
Pascua se ubicó claramente en este segundo grupo. Su insistencia en denunciar las torturas durante la guerra y su lectura política de la soberanía lo llevaron a confrontar con otros sectores del propio colectivo. Esas tensiones no fueron solo personales, sino que expresaban distintas formas de entender qué es y para qué sirve la causa Malvinas.
En ese marco, su figura quedó asociada a una línea que entiende la memoria como un campo de disputa. No solo sobre lo que ocurrió en 1982, sino sobre cómo se interpreta ese pasado en el presente.
A más de una década de su muerte, el recorrido de Orlando Pascua sigue funcionando como una referencia incómoda pero necesaria. Su voz, atravesada por la experiencia directa de la guerra, insistió en algo que todavía resuena: que la soberanía no puede pensarse separada de la justicia, ni de las condiciones materiales en las que se construye un país.
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