REPUDIO
Palestina libre frente a la Casa de Gobierno correntina
El 30 de abril por la noche, en Corrientes, organizaciones políticas y sociales se concentraron frente a la Casa de Gobierno para repudiar el acto oficial en homenaje a Israel, denunciando su alineamiento con la política exterior de Javier Milei y señalando el contexto de violencia sobre el pueblo palestino.
Por Jere Giordano
La escena tiene algo de postal tensa: la Casa de Gobierno iluminada, las columnas firmes, la puerta abierta como si nada pasara. Pero afuera sí pasa. Afuera hay banderas rojas, una bandera palestina desplegada como un grito contenido, y un grupo que no supera la escala del edificio pero que insiste en ocupar el espacio público. No es multitud, es decisión.
Las caras están quietas, pero las manos sostienen. Carteles, telas, palos, consignas. Una bicicleta queda a un costado como si alguien hubiera llegado apurado. Detrás, la policía forma una línea cerrada, escudos apoyados contra el cuerpo, cascos bajos. No avanzan. Tampoco retroceden. Custodian una puerta que del otro lado aloja un acto oficial. Dos escenas superpuestas: adentro, el protocolo; afuera, la intemperie.
Una de las imágenes condensa la noche: un cartel escrito a mano, “Fuera el sionismo”, trazado con marcador grueso. La tinta parece reciente, urgente. La letra no busca estética, busca ser leída. Esa urgencia dialoga con otra distancia, miles de kilómetros hacia Medio Oriente, donde las cifras ya no alcanzan a nombrar lo que ocurre.
Gaza acumula ruinas, desplazamientos forzados, hospitales colapsados, barrios enteros convertidos en polvo. La palabra “genocidio” dejó de ser consigna para convertirse en denuncia sostenida por organismos internacionales y por una evidencia que circula en imágenes, como estas, pero en otro registro: escombros, cuerpos, humo.
En la plaza, una bandera palestina ocupa el centro de la escena. No flamea: se sostiene entre varias manos. Es más peso que símbolo. El rojo, el verde, el blanco y el negro no son solo colores; son coordenadas de una geografía sitiada. La tela se tensa como si resistiera algo más que el viento. En esa tensión hay una traducción: lo que ocurre allá se trae acá, se nombra acá, se disputa acá.
Los carteles que comparan al Estado de Israel con el nazismo generan incomodidad inmediata. No son neutros, no buscan serlo. Funcionan como provocación política y como denuncia extrema. En la historia, las analogías pesan, y en la calle se usan como herramientas. La discusión sobre sus límites queda abierta, pero la escena no es académica: es una intervención en un contexto donde quienes se concentran entienden que no hay margen para la ambigüedad.
La policía permanece. Escudos alineados, cuerpos alineados. Una barrera que no se mueve pero que delimita. De un lado, quienes protestan; del otro, quienes resguardan. Entre ambos, una distancia corta y cargada. La arquitectura del edificio refuerza esa separación: escalinatas, columnas, luces que encandilan. La puerta abierta deja ver movimiento adentro, trajes, circulación. Afuera, el tiempo parece más lento.
La noche avanza y la escena se vuelve más nítida. No por la luz, sino por el sentido. La concentración no es masiva, pero es precisa. Apunta a un acto concreto: el homenaje oficial a la independencia de Israel impulsado por el gobierno provincial. Lo que se cuestiona no es solo el evento, sino el gesto político que implica en el marco de la política exterior del gobierno nacional. Alineamiento, dicen. Subordinación, agregan. Y en ese señalamiento se cuela la dimensión internacionalista: lo que se decide en una provincia también habla de cómo se posiciona frente a un conflicto global.
En otra imagen, ya en movimiento, aparecen jóvenes con pecheras, banderas rojas y más carteles. La marcha no es multitudinaria, pero tiene ritmo. Avanza por calles que conocen de protestas, de otras consignas, de otras coyunturas. “Palestina libre” se repite. La consigna, que en otros momentos parecía lejana, ahora se vuelve concreta en la voz de quienes la pronuncian.
La crónica de esa noche no se escribe solo con palabras. Se arma con luces duras, con sombras, con rostros que miran a cámara o la esquivan, con manos que sostienen telas y cartones. Se arma también con lo que no se ve: la información que llega desde Gaza, las imágenes que circulan, las cifras que crecen. Y con una decisión: traer esa discusión a la puerta misma del poder local.
No hay cierre grandilocuente. La concentración se dispersa como suelen dispersarse estas escenas: de a poco, en grupos, en conversaciones que siguen en voz baja. La Casa de Gobierno queda otra vez como postal. Pero algo quedó inscripto en la noche: una serie de imágenes que, juntas, construyen un relato. No de lo que fue un acto oficial, sino de lo que ocurrió afuera.
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