MEMORIA

Gustavo Aprea: el Nunca Más debe construirse en presente

En el marco del X AsAECA realizado en la UNNE, el investigador y docente Gustavo Aprea reflexionó sobre las formas en que el cine argentino construyó la memoria de la dictadura, las diferencias generacionales en esos relatos y las limitaciones políticas que, según planteó, impidieron abrir espacios reales para nuevas narrativas.

Foto @jere.giordano

A 50 años del golpe eclesiástico-cívico-militar, la discusión sobre la memoria vuelve a ocupar un lugar central. Pero ya no solamente desde la reconstrucción del horror represivo, sino también desde la necesidad de revisar cómo se transmitieron esos relatos y qué lugar tuvieron las nuevas generaciones en esa construcción.

Durante el X Congreso de la Asociación Argentina de Estudios sobre Cine y Audiovisual (AsAECA), realizado en la Universidad Nacional del Nordeste, el investigador Gustavo Aprea analizó cómo el cine argentino fue modificando su manera de representar la dictadura y qué tensiones aparecen hoy entre memoria, política y producción cultural.

En diálogo con Nueva Mirada, Aprea comparó las diferencias entre películas como La Historia Oficial y Argentina, 1985, habló sobre el lugar de las generaciones de hijos y nietos de desaparecidos y cuestionó la falta de espacios políticos y culturales para que los jóvenes produzcan sus propias narrativas sobre el pasado reciente.

NM: En tu conferencia trabajabas mucho cómo fue cambiando la representación de la dictadura en el cine argentino. ¿Qué diferencias ves entre las primeras películas y las más actuales?

GA: Las primeras películas estaban muy vinculadas a la necesidad de denuncia y de legitimación pública de lo que había ocurrido. Había que demostrar el horror porque todavía existían sectores que negaban o relativizaban los crímenes de la dictadura. Con el tiempo eso fue cambiando y aparecieron relatos más atravesados por la experiencia personal y familiar.

NM: Ahí aparece también una diferencia entre las generaciones de hijos y nietos de la dictadura.

GA: Sí, claramente. La generación de hijos trabajó mucho desde la reconstrucción de la ausencia y de la identidad. Había una necesidad de entender qué había pasado con sus padres y con sus propias historias. En cambio, los nietos ya parten de otra relación con ese pasado. No tienen el mismo vínculo directo con el trauma y eso les permite producir relatos más libres, menos solemnes y con otras búsquedas narrativas.

NM: ¿Eso modifica también la forma en que circula la memoria?

GA: Totalmente. La memoria no se transmite de manera lineal ni intacta. Cada generación reconstruye el pasado desde sus propias preguntas. Y eso es sano. El problema aparece cuando se pretende congelar los relatos o convertirlos en algo únicamente ceremonial. Ahí dejan de dialogar con el presente.

NM: En la charla comparabas La Historia Oficial con Argentina, 1985. ¿Qué diferencias encontrás entre ambas?

GA: La Historia Oficial aparece en un momento donde todavía había que instalar socialmente el tema de la dictadura y las apropiaciones. Tiene una voluntad política muy fuerte de intervenir sobre la sociedad argentina de ese momento. En cambio, Argentina, 1985 da muchas cosas por sabidas. Es una película mucho más orientada a construir un producto internacional, con códigos más universales y menos centrada en incomodar políticamente en el presente.

NM: ¿Sentís que ahí también hay una diferencia política?

GA: Sí. En muchos casos se priorizó más el reconocimiento internacional que la construcción de nuevas narrativas críticas sobre la dictadura. Y eso tiene que ver también con decisiones políticas y culturales de los últimos años.

NM: También marcabas una crítica hacia los gobiernos posteriores a 2015 y cierta lógica defensiva alrededor de las políticas de memoria.

GA: Sí. Desde 2015 para acá muchas veces se cayó en posiciones defensivas, enfocadas solamente en conservar lo que ya se había construido. Pero en ese intento de sostener consensos se descuidó la necesidad de generar nuevos espacios para que las generaciones jóvenes produzcan sus propios relatos y sus propias formas de intervenir políticamente sobre la memoria.

NM: Teniendo en cuenta que se cumplen 50 años del golpe, ¿qué cambia cuando las nuevas generaciones ya no solo consumen esos relatos sino que empiezan a producirlos?

GA: Es un punto fundamental para evitar el estancamiento. Durante mucho tiempo se intentó simplemente “mantener” lo logrado, pero se perdió de vista la necesidad de abrir espacios reales para nuevas producciones. Por suerte hoy hay una especie de reactivación del movimiento y habría que trabajar sobre eso para que el “Nunca Más” no sea solamente una consigna heredada, sino una construcción colectiva presente.

Las reflexiones de Aprea vuelven a poner sobre la mesa una discusión que excede al cine. Porque detrás de la disputa por los relatos también aparece la pregunta sobre qué aspectos de la dictadura fueron realmente discutidos en democracia y cuáles quedaron intactos.

Durante décadas se denunció —con razón— el terrorismo de Estado y las violaciones a los Derechos Humanos, pero muchas veces quedó relegada la discusión sobre el modelo económico instaurado por José Alfredo Martínez de Hoz. Un esquema de endeudamiento, concentración y transferencia de recursos que distintos sectores consideran todavía vigente.

En ese marco, la reactivación de la memoria no parece pasar solamente por volver a contar lo ocurrido, sino también por construir nuevas narrativas capaces de señalar esas continuidades y discutir el presente político y económico de la Argentina.

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