ESCENARIO
Fátima Lucía y la noche en que el Cocomarola se volvió un sueño cumplido
A las tres de la tarde comenzó una jornada que terminó con fuegos artificiales, rock y una voz correntina conquistando al banquete renguero.
Por Jere Giordano
A las tres de la tarde todavía no había banquete. No estaban las banderas, ni las remeras negras, ni esa multitud que horas después convertiría al Cocomarola en una caja de resonancia. No estaban los cantos ni los abrazos ni las luces del escenario encendidas sobre miles de personas. Estaba Fátima Lucía. Y estaba su banda.
Habían llegado temprano para hacer la prueba de sonido. Siete canciones. Ese era el plan. Siete canciones para una noche que ya desde antes de empezar tenía algo de irreal: tocar delante de la comunidad de La Renga, en el mismo escenario que unas horas después ocuparían Chizzo, Tete y Tanque.
Pero después de probar, se quedaron. Y siguieron ahí. Como si bajar del escenario significara volver demasiado rápido a la realidad.
La banda de Fátima pasó buena parte de la tarde arriba de ese escenario. Ajustando instrumentos, escuchando retornos, probando sonidos. Mirándose. Preparándose. Quizás intentando acostumbrarse a la idea de que aquello que durante tanto tiempo había sido un sueño estaba a punto de suceder.
El staff de La Renga acompañó cada momento. Hubo ayuda, atención y una predisposición que terminó siendo parte de la historia. Técnicos y trabajadores de la banda estuvieron pendientes de ellos durante la jornada, resolviendo necesidades y haciendo que aquella banda correntina que llegaba con los nervios de quien sabe que está ante una oportunidad enorme pudiera sentirse, de alguna manera, en casa.
Aunque los nervios seguían ahí. Porque una cosa es imaginarlo y otra muy distinta es saber que faltan minutos. En el camarín, antes de salir, apareció Tete.
El saludo llegó justo cuando la ansiedad comenzaba a mezclarse con la emoción. No hacía falta demasiado. La presencia de uno de los integrantes de La Renga alcanzaba para recordarles dónde estaban y lo que estaba por ocurrir.
Después, las puertas del escenario. Las luces. El público. Y Fátima Lucía. Habían preparado siete canciones. Pero siete fueron pocas.
El repertorio comenzó a desbordar el papel porque algo empezó a suceder entre el escenario y la gente. La banda tocaba y el público respondía. El staff observaba. La energía crecía. Y lo que estaba pensado como una presentación breve empezó a convertirse en otra cosa.
Habían ido a telonear a La Renga. Terminaron ganándose un poco más de escenario. Y entonces llegó “UCR”. Hay canciones que se explican y otras que se entienden cuando suenan. “UCR” pertenece a las segundas.
La canción más crítica de Fátima Lucía, esa que mira de frente a la historia del radicalismo correntino y construye desde el rock una lectura incómoda sobre una fuerza política que lleva décadas ocupando un lugar central en la provincia, sonó esa noche frente a la comunidad de La Renga.
Y el Cocomarola explotó. No es una metáfora. El cielo también explotó. Los fuegos artificiales acompañaron la canción y durante unos segundos todo pareció ocurrir al mismo tiempo: la música, las luces, las voces, la política, el rock y esa multitud que había llegado para encontrarse con La Renga pero que terminó siendo también testigo de una escena inesperada.
“Lo peor de ‘Únicamente cantamos rock’”. La ironía de Fátima encontró allí su escenario perfecto. Porque quizás eso era justamente lo que estaba pasando: cantar rock, sí. Pero cantar también desde un lugar, desde una historia y desde una mirada sobre la realidad.
Después llegó La Renga. El escenario cambió de escala, pero no de espíritu. Chizzo tomó el micrófono y la noche encontró la voz que miles habían venido a escuchar. Tete y Tanque completaron esa maquinaria que hace décadas convirtió los recitales de La Renga en algo más que conciertos. El banquete volvió a ser banquete.
Pero en algún lugar de esa noche ya había quedado otra imagen. Una banda correntina que llegó a las tres de la tarde y prácticamente no quiso abandonar el escenario. Siete canciones preparadas que terminaron siendo más. Un camarín atravesado por los nervios. Tete entrando a saludar antes de salir. Un staff que acompañó. Un público que respondió.
Y Fátima Lucía cantando “UCR” mientras el cielo del Cocomarola se llenaba de fuegos artificiales. Quizás la historia pueda contarse así: La Renga volvió a Corrientes y dio un banquete. Pero antes del banquete hubo una voz correntina que tuvo su propia ceremonia. Fátima llegó con un sueño. Se fue con una historia.
Y durante unos minutos, en ese escenario enorme, el sueño pareció pertenecerle a toda una escena musical que desde Corrientes sigue buscando su lugar, haciendo ruido y demostrando que también puede estar ahí. Arriba del escenario. Frente a todos.
Sin pedir permiso.
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