RECORDANDO AL INDIO

Esa voz que me recuerda para siempre quién soy

La partida de Carlos Alberto Solari dejó un vacío imposible de nombrar para miles de personas. En esta columna, Candela Rodríguez recorre el vínculo íntimo entre la obra del Indio, la memoria, el duelo y esa voz que acompañó generaciones enteras a través de la alegría, el amor, la pérdida y la resistencia.

Por Candela Rodríguez

Tenía trece años y no entendía nada de la vida. Sustituí un dolor por una contención. No lo supe entonces. Lo estoy entendiendo ahora, mientras escribo esto.

Estaba por viajar hacia lo que prometía ser uno de los fines de semana más felices de mi vida. En el aeropuerto terminé acompañando a una señora que volaba sola por primera vez.

Me contó que su marido había fallecido en enero y que todavía estaba haciendo el duelo. Le brillaron los ojos. Yo pensé en todos los recuerdos que debían estar atravesándola en ese momento. No dije nada; apenas desvié la mirada procurando que no se me escaparan las lágrimas.

En mi interior le deseé algo muy simple: que el duelo no le pesara más de lo necesario, que no tuviera que atravesarlo sola, que la tristeza no le ocupara todo lo que le quedaba de vida.

Horas después me vi desconsolada.

No sé cómo iniciar. Paradójicamente, algo que tiene la escritura es que nunca te van a faltar las palabras. Puedo agarrar una birome y empezar a escribir aunque tenga la mente en blanco, aunque al principio la sintaxis no tenga sentido y vaya al ritmo desordenado de los pensamientos. Si las palabras correctas no salen ahora, sé que, cuando vuelva a agarrar esa misma birome, van a brotar. Todo es cuestión de tiempo. Pero hace más de una semana que no puedo escribir sobre Carlos Alberto Solari. Sobre el Indio. Sobre “caballo loco”, el seudónimo que utilizaba, o “señor”, como me gustaba decirle.

Hace más de una semana aterrizaba en la Ciudad de Buenos Aires y lo primero que me dijeron fue: "Se murió el Indio".

Pensé que el chofer me estaba molestando. Me reí mientras le decía que no, pero al mismo tiempo sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas. Agarré el celular temblando hasta poder googlear su nombre.

-"Es un día gris", me dijo él y agregó: "Quiero llegar a casa y terminar acá el trabajo".

Rompí en llanto. Sentí que algo se despedazaba dentro mío en un silencio ensordecedor. Y acá sigo, en silencio.

El duelo ni siquiera empezó y el dolor todavía no terminó de recorrerme. Después de tanto tiempo, nunca pensé que iba a volver a desear que el adiós de alguien se alargara un poco más. Me sentí huérfana.

Tal vez no quería despedirme todavía. Tal vez escribir significaba aceptar que esas primeras noticias que aparecieron cuando googleé su nombre, aquel horrible y lluvioso 5 de junio, eran verdad. Desde aquel día no volvió a salir el sol. O al menos perdió algo de su fuerza.

Así, creo, se sintió el pueblo argentino que ya viene siendo golpeado, deshumanizado, olvidado. Pero él nunca se olvidó de nosotros. Así, vi, se sintió la gente hermana que llenó Plaza de Mayo esa tarde. Y así, sospecho, me voy a seguir sintiendo durante bastante tiempo.

Después de leer los portales, fui a X (ex Twitter). Esperaba encontrar uno de sus tuits donde calificaba de "sorete" a quienes difunden noticias falsas y remataba todo con un "¡Salud!". Pero no apareció ninguno. Conocía ese recorrido de memoria, conocía la lógica, sabía dónde buscar, cuáles podían ser las palabras. Sin embargo, me perdí. Llegué a un callejón que me encerró y me dejó sin milagros.

No podía seguir leyendo. Cada despedida que leía me acercaba a soltarlo un poco más. No sentía este mundo preparado para negociar su muerte. Me quedé ahí, encadenada a esa negación. En algún lugar seguía esperando volver a verlo; lo esperaba en el próximo recital de Los Fundamentalistas. Ansiaba fin de año para ir a verlos por primera vez. Pero la vida casi siempre tiene otros planes.

El gran poeta del rock nacional. Una voz política. Una forma de entender el mundo. Lo nacional y lo popular. Para mí fue todo eso y fue mi genio amor, ese amor desde el que miraba la vida. Me pregunto cuántos Indio distintos existirán hoy en la memoria, en el paraíso de quienes lo lloran.

El Indio es trascendencia cultural, política y social, pero también la parte más mundana de todos nosotros: el recuerdo de una amistad, la sobremesa un domingo familiar, una historia de amor. La compañía de la soledad y el consuelo de una tristeza. Un día o una madrugada, el repaso de una alegría. Su música le dio relevancia a la cotidianeidad de nuestras vidas. Indio querido, ese señor con ropa de plomero y olor a leyenda…

Hoy tengo 26 años y sé que recorrí muy poco la vida. Si ahora soy una pendeja, a los trece años recién empezaba a salir del cascarón.

Mi hermana, dos años más grande que yo, ya escuchaba rock nacional. Yo seguí sus pasos y encontré mi identidad musical. En los recreos, con mis compañeras del secundario poníamos Los Redondos y nos sentíamos rebeldes e importantes. Y claro, tiempo después lo supe: la historia del rock nacional nunca fue una historia para los condescendientes.

Yo venía con otra historia. Venía de duelar a mi mamá de la forma más desgarradora que existe: con el cuerpo. Las noches eran repetitivas, los ojos hinchados por la mañana eran normales, desgarrarme era rutina. Fue la época en la que quise deshabitar el dolor, arrancarlo como si fuera algo que pudiera extraerse.

Extrañaba a mi mamá y todavía tenía la inocencia suficiente para pedirle a un tal "Dios" que me la devolviera si realmente era justo. Creía que mientras más le hablara y más le llorara, más cerca estaba de conseguir un abrazo. Pasé noches rogando por cinco minutos. Claro que eso nunca sucedió.

Mientras tanto, la adolescencia. Todo me incomodaba. Sentía que nadie me comprendía. No quería ayuda, pero también necesitaba que alguien me viera.

Fue una de las peores etapas. Pero recuerdo que pronto dejé de tener aquellas noches repetitivas. Dejé de ponerle el cuerpo al dolor de la misma manera. Y empecé a convencerme de que mi mamá hubiera querido encontrarme feliz.

Ese momento coincidió, casi milagrosamente, con el comienzo de mi historia como "ricotera". Sin saber que estaba entrando al movimiento social y cultural más grande de la Argentina, abracé la obra del Indio. Si bien ya giraban Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, -ese año lanzaron “Pajaritos, bravos muchachitos” y 95.000 personas coparon Mendoza-, a mí me gusta la historia y los inicios. 

Yo sentía algo especial por Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. En el camino coqueteé con otros estilos, con otras bandas nacionales e internacionales, pero no pasaron de ser solo una etapa. Sin embargo, Los Redondos nunca dejaron de significarme.

Recuerdo no dejar pasar un día de lluvia sin escuchar Gualicho y cantarlo a pulmón.

Recuerdo enamorarme por primera vez de una mujer y ver reflejado lo que sentía en Un poco de amor francés.

Recuerdo lo mucho que podía doler el amor escuchando La hija del fletero.

Recuerdo lagrimear y cantar "vamos negrita, bailá hasta el fin" mientras recordaba a quien ya no podía bailar.

¿En cuántas experiencias está el Indio? ¿Cuál será la primera imagen en la mente de ese ricotero al escuchar los primeros acordes de Un ángel para tu soledad? ¿Cuál será el primer sentimiento que arde?

Tenía diecisiete años cuando el Indio tocó en Olavarría, en la provincia de Buenos Aires, su última vez sobre los escenarios. Yo quería ir. No tenía plata, no tenía autonomía y dependía de que alguien me pagara el viaje. Eso no pasó. Más adelante trabajé, tuve mi propio dinero, pero él ya no volvió a los escenarios. Quienes nacimos tarde cargamos con la incomodidad de una experiencia incompleta.

Fiel a sus convocatorias, la tarde del 5 de junio en la Plaza de Mayo también quedó en la historia. Autoconvocados, casi como en los inicios de Los Redondos: ese boca a boca de siempre, pero adaptado a esta era. No necesitamos casi nada: solo amor y alguien que entienda ese amor para abrazarnos y peregrinar juntos.

Foto Candela Rodríguez

De un lado de la plaza estaba la muchedumbre manija, la que él conocía bien: la del pogo más grande del mundo, los fieles peregrinos de la misa ricotera. Los que cantaban, agitaban, levantaban banderas y transformaban el homenaje en celebración. Del otro lado estaba la gente que observaba, la que permanecía un poco más apartada y quién sabe qué recuerdos repasaba en silencio.

Yo estuve en ambos lugares. El amor moviliza muy rápido. Canté el popular "Redondo, Redondo, no lo piense’ má’, andá a tocar a la luna, la luna la vamo’ a copar". Lloré. Me alejé de la multitud para mirar a la gente abrazada y volví a llorar un poco más.

El dolor no sabe de tiempo. Sé que nos duele y que todavía no terminamos de entenderlo. Pero creo que nos duele aún más porque nos sentimos un poco más desolados y eso nos asusta. Su voz nos comunicaba esperanza.

El Indio nos encomendó la resistencia para que mantengamos vivo este lado de la mecha, el más humano. Para que miremos las almas que tenemos alrededor. Para que enseñemos a otros a mirar el amor que está al costado.

Me consuela saber que tal vez lo necesitamos más allá que aquí. Y que, desde ahora y para siempre, tenemos de nuestro lado a nuestro dios.

"Te amamos los que supimos encontrar refugio en tus letras, los que supimos interpretar tu poesía y porque nos enseñaste el mundo como es. Así, real, como vos." Tweet propio del 17 de enero de 2018, día del cumpleaños de Carlos Alberto Solari.

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