OPINIóN

Cuba bajo presión: bloqueo, amenazas y disputa geopolítica

El endurecimiento de las sanciones de Estados Unidos, la ofensiva contra Raúl Castro y la presión diplomática sobre La Habana forman parte de una estrategia más amplia de disciplinamiento regional. En medio de una nueva disputa global por el control político y económico de América Latina, Cuba vuelve a ocupar un lugar central.

Por Jere Giordano

La relación entre Estados Unidos y Cuba atraviesa uno de sus momentos de mayor tensión de los últimos años. El endurecimiento del bloqueo económico, la ofensiva judicial contra Raúl Castro, las declaraciones agresivas de funcionarios estadounidenses y la creciente presión diplomática sobre La Habana muestran una estrategia que va mucho más allá de un conflicto bilateral. 

Lo que está en discusión no es solamente el modelo político cubano: lo que se disputa es la posibilidad de sostener un proyecto soberano y socialista en América Latina en un escenario global cada vez más conflictivo.

Durante las últimas semanas, Washington profundizó medidas económicas que agravan todavía más la situación interna de la isla. La crisis energética, la escasez de combustible y las dificultades para importar alimentos y medicamentos impactan directamente sobre la vida cotidiana de millones de cubanos. 

En ese contexto, el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio ofreció asistencia y financiamiento económico bajo el discurso de la “solidaridad” y la “ayuda humanitaria”.

La respuesta del gobierno cubano fue contundente. El presidente Miguel Díaz-Canel sostuvo que la verdadera solidaridad con Cuba no es el envío condicionado de ayuda, sino el levantamiento del bloqueo económico impuesto hace más de seis décadas.

La frase tiene un peso político profundo porque coloca el eje de la discusión donde Cuba intenta ponerlo históricamente: la crisis económica de la isla no puede analizarse por fuera de las sanciones, las restricciones financieras y el aislamiento económico promovido por Estados Unidos desde la Revolución de 1959.

Sin embargo, el escenario actual parece avanzar un paso más allá del bloqueo. La reciente imputación judicial impulsada por Estados Unidos contra Raúl Castro revela una nueva etapa de confrontación política y simbólica.

La construcción de un enemigo

La acusación contra Raúl Castro no aparece en cualquier contexto ni responde únicamente a una cuestión judicial. La ofensiva tiene un fuerte contenido geopolítico y comunicacional.

Raúl Castro es una de las figuras históricas centrales de la Revolución Cubana. Fue parte de la guerrilla de Sierra Maestra junto a Fidel Castro y Ernesto Che Guevara, combatió a la dictadura de Fulgencio Batista —respaldada por Washington— y formó parte de la construcción del nuevo Estado cubano después de 1959.

Para amplios sectores populares de Cuba y América Latina, Raúl no representa una estructura criminal, sino una figura ligada a la resistencia antiimperialista, la soberanía nacional y la defensa de un proyecto político independiente de Estados Unidos.

Por eso la acusación impulsada desde Washington tiene una dimensión mucho más profunda que la jurídica. Lo que se busca es erosionar el valor simbólico de la dirigencia revolucionaria cubana y transformar a sus principales referentes históricos en figuras asociadas al crimen o al terrorismo.

Es una metodología que Estados Unidos ya utilizó en otros escenarios internacionales. Ocurrió en Panamá antes de la invasión contra Manuel Noriega, en Irak con Saddam Hussein, en Libia con Muamar Gadafi y más recientemente en Venezuela con Nicolás Maduro. 

La lógica suele repetirse: primero se construye un enemigo internacional, luego se profundiza el aislamiento político y económico y finalmente se busca legitimar algún tipo de intervención o cambio de régimen.

En el caso cubano, además, la ofensiva contra Raúl Castro apunta contra uno de los símbolos vivos de una revolución que sobrevivió durante décadas a bloqueos, sabotajes, intentos de invasión y operaciones de desestabilización.

El debate sobre la democracia

Uno de los argumentos centrales utilizados por Estados Unidos para justificar su política hacia Cuba es la necesidad de promover “elecciones libres” y “democracia”. Sin embargo, detrás de ese discurso existe una discusión mucho más profunda sobre qué tipo de sistema político puede existir en América Latina.

Cuba no posee un modelo de democracia liberal tradicional basado en la competencia multipartidaria financiada por estructuras empresariales o corporativas. Su sistema político se organiza a partir de asambleas territoriales, organizaciones sociales, estructuras sindicales y mecanismos de representación distintos a los occidentales clásicos.

Eso no significa ausencia total de participación popular. Incluso analistas críticos del gobierno cubano reconocen la existencia de niveles importantes de organización comunitaria y territorial dentro de la isla.

El problema para Estados Unidos no es solamente cómo vota Cuba. El problema es que Cuba sostiene un modelo político y económico independiente, con fuerte presencia estatal, sin subordinación directa a corporaciones norteamericanas y con capacidad de proyectar una idea de soberanía regional.

Ahí aparece una de las grandes contradicciones históricas de Washington. Mientras afirma defender la democracia, durante décadas sostuvo relaciones estrechas con dictaduras militares en América Latina siempre que garantizaran alineamiento geopolítico y apertura económica.

Por eso el conflicto con Cuba no puede reducirse a una discusión institucional. Lo que está en juego es la existencia de un proyecto político que cuestiona la hegemonía estadounidense en el continente.

Cuba y la nueva disputa global

El endurecimiento de la política contra La Habana también debe leerse en el marco de una transformación más amplia del escenario mundial. Estados Unidos enfrenta hoy una disputa geopolítica creciente con China y Rusia, mientras intenta recuperar influencia sobre América Latina.

Cuba mantiene vínculos estratégicos con ambos países y conserva un enorme peso simbólico dentro de la historia política regional. En un contexto de multipolaridad, Washington parece decidido a evitar que la isla vuelva a convertirse en un punto de referencia para proyectos soberanistas latinoamericanos.

La presión sobre Cuba se conecta además con lo ocurrido en Venezuela durante los últimos años: sanciones económicas, desconocimiento político, intentos de aislamiento diplomático y construcción mediática de gobiernos “ilegítimos” o “criminales”.

En ese sentido, la ofensiva actual contra Cuba no parece responder únicamente a diferencias ideológicas. Forma parte de una estrategia más amplia de disciplinamiento regional en un momento donde América Latina vuelve a ser escenario de disputa entre grandes potencias.

Por eso la discusión excede ampliamente a la isla. Lo que hoy ocurre en Cuba también anticipa el tipo de relación que Estados Unidos pretende establecer con cualquier país latinoamericano que intente construir márgenes de soberanía política, económica o estratégica por fuera de su influencia.

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